Estoy tan feliz de estar viva. El fin de semana pasado participé en una conferencia de medio ambiente con el grupo del caribe CYEN. Parte de esta jornada incluía un viaje a la región sur del país a conocer diversos puntos turísticos. Partimos el miércoles a las 6:30 de la mañana. Nos detuvimos en el parador “Hong Kong” para desayunar. Como ya teníamos 4 días asistiendo a seminarios y charlas ya conocía a la mayor parte del grupo. Muchos de ellos no conocían mi país, ni nuestras costumbres y cultura, por lo que les resultaba un poco difícil asimilar el gusto al mangú del que tantos dominicanos somos fanáticos. Cada quien hizo su orden y al terminar el desayuno nos subimos al autobús y continuamos hacia nuestro destino. El viaje incluía las Dunas de Baní, Pedernales, la frontera con Haití y finalmente mi lugar favorito: Bahía de las Águilas, en donde haríamos una limpieza de costas. Me sorprendió que eligieran este lugar para llevar a cabo dicha actividad, ya que a mis ojos no existía mucha cantidad de desechos allí.
Al cruzar Baní nos detuvimos en las Dunas. Dos chicas en sandalias, jeans y camisitas nos recibieron como guías. Sorprendentemente, hacían un gran trabajo y me pude percatar que le guardaban cierto amor al gran monumento de arena. El grupo se bajó del autobús con muchas expectativas. Para ser honesta, y aún siendo dominicana, a mí también me llenaba de anticipación el estar en este lugar. Hacía tanto tiempo que fui a visitarlo que ya mi memoria no guardaba ningún recuerdo. La entrada al parque la dividía una pequeña cerca de alambres de púas, con un letrero pintado a manos que evocaba el descuido de la Secretaría de Medio Ambiente. Algo que lamentablemente estamos acostumbrados a presenciar y que ya hemos aceptado como parte de nuestra cultura. Ojalá algún día presenciemos un despertar masivo como nación. Las guías nos indicaron que nos mantuviéramos unidos y comenzamos a adentrarnos hacia las grandes montañas de arena. El sol estaba Caribe, como quien quiere castigarnos por haber llegado justamente al medio día. Hacía un calor infernal y la arena debajo de mis pies lo multiplicaban. Comenzamos caminando alegres, riéndonos y con muchas ganas de conocer. Luego de pasar la pequeña caseta donde debe haber un guardaparques la vista fue impresionante.
Frente a mí había un enorme valle de arena, pensaba que de esta misma forma debiera verse el desierto de Sahara. Pocos árboles pequeños rodeaban el espacio, sirviendo de cerca natural en aquel gran paisaje. A lo lejos se veían grandes montañas de arena y una de las guías nos indicó que hacia ellas nos dirigíamos. Pasamos un pequeño pedazo de grama seca pero sorpresivamente, completamente verde. Al terminarse la parte plana de aquel inmenso valle, doblamos a la izquierda y al final se encontraba una gran montaña de arena, incluso más grande que las anteriores. Las guías prefirieron tomar otro camino, pero nos dijeron que si queríamos intentar ‘escalar” dicha montaña esto estaba permitido. Obviamente, mi espíritu aventurero volvió a cobrar lo mejor de mí y me dirigí con Carlos hacia la falda de la montaña. De lejos parecía una montaña cualquiera, pero a medida que nos acercábamos me di cuenta de la magnitud de aquella escultura que la naturaleza había creado, sin ningún tipo de intervención de la mano humana. Estaba cubierta de aquellas líneas onduladas que se observan en los desiertos de las películas. Me sentía tan pequeña debajo de aquella monstruosidad. Ni siquiera con fotos se puede apreciar el tamaño de la montaña. Entre risas y gritos de euforia comence a escalar entre la arena, la cual se sentía caliente debajo de mis pies. Lo que en un principio parecía una buena idea, a mitad de camino me pareció más bien una tortura. Era como si la misma montaña no quería que perturbáramos su perfecta superficie. Finalmente, logré llegar a la cima, algunos de mis compañeros ya estaban allí. Del otro lado de aquella inmensa montaña el paisaje prometió ser una recompensa. El Mar Caribe se extendía hasta el horizonte, algunas gaviotas se desplazaban con el viento. La arena era negra y las olas violentas, escupían piedras de diversos tamaños hacia la orilla. Allí nos detuvimos un buen rato, yo me senté a descansar en un trozo de un árbol seco a observar y absorber lo mágico de aquel lugar…